
Una de las cosas que primero me
vienen a la mente cuando se acerca el 13 de diciembre, es el velador de Luisito
Barco. Me pregunto muchas veces el porqué. No se responderme. Pero el recuerdo
siempre es el mismo.
Tal vez si le cuento la anécdota usted me ayude a descifrar este pequeño, pero
persistente misterio.
Luisito tenía un velador,
viejo, destartalado. Algún cable suelto habrá tenido en sus entrañas. Siempre
que iba a encenderlo o apagarlo, lo pateaba. Puteaba al aire, y cualquiera de
nosotros, sus compañeros de militancia o amigos que lo visitábamos le decíamos
constantemente que lo arreglara. El estudiaba en la UTN ingeniería
electromecánica, así que no existía un justificativo para que no lo hiciera.
¿Sabe que nos respondía? Nos decía: “No se dan cuenta que es un ensayo. Así, si
caigo en cana, voy a resistir más la picana eléctrica.” A Luis lo torturaron
muchísimo. No se quebró. No alcancé a verlo luego de la tortura, el estaba en la
U7, yo en la Alcaidía. Y en su camino estuvo Margarita Belén.
Militábamos juntos en la Juventud Universitaria Peronista, adheríamos al
Movimiento Peronista Montonero. Hablábamos del hombre nuevo. Creíamos que las
utopías podían hacerse realidad. El mayo francés del 68 nos había impregnado,
como a toda nuestra generación de un sentimiento de humanidad como creo que no
lo tuvo otra generación de argentinos. Vivimos una primavera. Y sin que
existiera una lógica continuidad, llegamos a un invierno que nos heló la carne,
pero no el corazón.
Recuerdo esta anécdota con Luis Barco, pero seguramente tengo una como esa con
cada uno de los compañeros caídos en la masacre.
Por ejemplo Lucho Díaz, un chamamecero de aquellos. Por él conocimos en las
peñas universitarias las canciones del cura Zini, mucho antes de que existieran
Los de Imaguaré. El día que lo detuvieron. Se hizo todo un operativo porque no
debía enterarse nadie que había sido detenido. Los torturadores lo tenían
escondido. Era un desaparecido. Y por supuesto, nosotros estábamos todos
vendados. Lo escondieron a él, pero no pudieron esconder su voz, inigualable,
que atravesó los muros de la brigada y nos inundó con un “perseguido por la
suerte/ de mi destino implacable/ hoy siento que al alejarme/ del pago de mis
quereres/ una tristeza me hiere/ muy hondo en el corazón/ al decirte en mi
canción/ adiós ciudad de Mercedes.” Nos dijimos todos: “lo agarraron a Lucho”.
Ningún otro podría cantar ese chamamé como lo cantaba él.
Me debo y les debo escribir un libro. Soy medio fiaca. O tal vez digo esto
porque no sé como encerrar todo lo que tengo en mi memoria de esos enormes seres
que fueron mis compañeros.
Alguna vez escribí:
Si mañana en mi boca/ floreciera el silencio/ y en mi lengua cansada/ no están
mis compañeros/ que mal rayo me parta/ y en el mar de su sangre/ que naufrague
mi nombre/ pues merezco ser nadie.
Carlos Erasmo Aguirre